Si hay una expresión que haya definido buena parte de la política exterior turca durante el siglo XXI, esa es “ambigüedad calibrada”. Un intento de conciliar su anclaje en el sistema transatlántico con una identidad regional cada vez más asertiva. 

Bajo la presidencia de Recep Tayyip Erdoğan, Ankara no ha abandonado la OTAN ni ha abrazado plenamente el consenso estratégico occidental; en su lugar, ha tratado de operar con cierto margen de maniobra, algo que en ningún otro ámbito se ha manifestado con mayor claridad que en la relación entre Turquía e Irán.

El presidente turco, Tayyip Erdogan, se reúne con su homólogo iraní, Ebrahim Raisi, en Ankara, Turquía. (Reuters)
El presidente turco, Tayyip Erdogan, se reúne con su homólogo iraní, Ebrahim Raisi, en Ankara, Turquía, 25 de enero de 2024. Fuente: Reuters

Amigos no íntimos

En las últimas dos décadas, Ankara y Teherán han oscilado repetidamente entre coordinación y competencia. Han convergido en determinados ámbitos, como su oposición al referéndum de independencia kurdo en Irak en 2017, su rechazo a determinados aspectos de la política regional israelí o su alineación táctica durante la crisis de Catar. 

Sin embargo, en paralelo, Turquía e Irán han respaldado a actores enfrentados en Siria e Irak, han competido por la influencia en el Levante y han mantenido una profunda desconfianza mutua respecto a sus ambiciones a largo plazo. 

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¡Solo quiero que acabe ya!

El estallido de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán ha transformado esta relación ya de por sí compleja en una prueba estratégica de alto riesgo. Desde el principio, Ankara trató de evitar la escalada, presionando a Washington en las semanas previas al 28 de febrero para que optara por la vía diplomática en lugar de la acción militar. 

Cuando finalmente el conflicto comenzó, la postura pública de Turquía abogó tanto por la condena como por la contención. Erdoğan denunció los ataques estadounidenses e israelíes como violaciones de la soberanía iraní, llegando incluso a expresar condolencias tras la muerte del líder supremo de Irán, al mismo tiempo que criticaba los ataques de represalia con misiles y drones por parte de Teherán, especialmente los dirigidos contra los Estados del Golfo, calificándolos de desestabilizadores y “profundamente erróneos”. 

Este “doble mensaje” está en línea con la visión estratégica de Turquía. Ankara teme que un eventual colapso del régimen iraní o su sustitución por un gobierno alineado con Occidente altere el equilibrio regional en favor de Israel. En este sentido, busca preservar un statu quo en el que ningún actor alcance una posición de dominio absoluto. 

Desde el inicio del conflicto, varios acontecimientos han evidenciado cómo Turquía gestiona el control de la escalada. En el plano militar, mientras lanzaba advertencias explicitas a Irán tras interceptar misiles dirigidos a su espacio aéreo, también aceptaba la negación de responsabilidad por parte de Teherán, facilitando así una desescalada controlada. 

En el ámbito diplomático, Turquía ha intensificado una estrategia de mediación multicanal, manteniendo interlocución simultánea con Irán, Estados Unidos, actores europeos y Estados del Golfo con el objetivo de promover un alto el fuego y sentar las bases para un eventual marco de negociación. 

En el plano económico, la guerra ha puesto de manifiesto las vulnerabilidades de Turquía. El aumento de los costes energéticos, vinculado tanto a la volatilidad de los mercados como a su exposición al gas iraní, ha tensionado cualquier intento de Ankara por controlar su inflación, obligando al banco central a realizar ventas masivas de oro para estabilizar la moneda. 

Conclusión

En definitiva, Turquía ha optado por una estrategia asimétrica para proteger sus intereses. En este marco, ha seguido facilitando ciertas interacciones económicas que han permitido a Irán mitigar parcialmente la presión de las sanciones, al mantener abiertos canales financieros y comerciales dentro de los mercados turcos. 

Del mismo modo, su propia respuesta a los recientes incidentes con misiles, que en otras circunstancias podrían haber provocado una reacción más contundente, se ha limitado a gestos de carácter disuasorio y declaraciones formales. 

Turquía busca consolidarse como intermediario funcional en un entorno de fragmentación geopolítica al mismo tiempo que busca capitalizar el debilitamiento de Irán para reconfigurar a su favor determinados equilibrios regionales. 

Mientras que en el plano discursivo enfatiza términos como desescalada, soberanía o estabilidad, en el plano operativo orienta su acción hacia la configuración de un desenlace compatible con sus intereses estratégicos: un entorno en el que Irán permanezca como actor estatal íntegro —pero estratégicamente limitado—, Israel vea contenida su proyección regional y Estados Unidos mantenga su implicación sin traducirla en una primacía incontestada. 

Mapa TPR 82 Israel e Irán, dos enemigos en Oriente Próximo.avif

Desde esta perspectiva, la evolución entre Ankara y Teherán desde el inicio de la guerra refleja una continuidad de patrones ya vistos. La denominada “rivalidad cooperativa” no solo persiste, sino que se ve sometida a mayores niveles de tensión. Turquía trata de gestionar un conflicto que no solo reconfigura el orden regional, sino que afecta directamente a las condiciones que sostienen su propia autonomía estratégica. 

Fuentes

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