Irán ante el orden global: cuando el miedo al desarrollo se convierte en lógica de confrontación

En la actual guerra entre Irán y la coalición Estados Unidos–Israel, la cuestión central no es tanto quién inició el conflicto, sino cómo una acumulación de errores y cálculos estratégicos durante tres décadas condujo al enfrentamiento directo. Desde la lógica interna de la gobernanza en Irán, este proceso está estrechamente vinculado al liderazgo de Ali Jamenei. En 1989, pese a ocupar la presidencia, era percibido como una figura periférica, sin base autónoma dentro del sistema. 

Sin embargo, en el contexto de una estructura altamente centralizada y como resultado de cálculos cortoplacistas de las élites, ascendió a la cúspide del poder. Desde allí, consolidó progresivamente un modelo de gobernanza basado en la concentración de autoridad, el debilitamiento de las instituciones técnicas y una desconfianza ideológica hacia el desarrollo y la integración en la economía global. Este patrón no solo redefinió el equilibrio interno del sistema político iraní, sino que, en su lógica interna, contribuyó a intensificar de forma sostenida la confrontación estructural con Estados Unidos e Israel.

El ayatolá Jomeini (dcha.) junto a Ali Jamenei, su sucesor.
El ayatolá Jomeini (dcha.) junto a Ali Jamenei, su sucesor. Fuente: La Vanguardia

En ese proceso, Israel también ha desempeñado un papel determinante. Apoyado en su superioridad militar, en sus vínculos estratégicos con Occidente y en su inserción en redes financieras y de inteligencia, ha buscado consolidar su primacía en seguridad en una región marcada por Estados débiles y en crisis. En este contexto, la “seguridad relativa de Israel” se articula con la “inseguridad estructural de su entorno”.

A lo largo de sus décadas de liderazgo, Jamenei no logró integrar plenamente —o no priorizó— esta lógica. En lugar de diseñar una política sutil y multinivel hacia Israel y hacia su principal valedor, Estados Unidos, adoptó una estrategia que, en la práctica, situó a Irán como adversario simbólico y estratégico de ese orden, sin dotarlo de los instrumentos materiales e institucionales necesarios para sostener sus consecuencias.

En términos estratégicos, el problema no fue solo la confrontación con ese orden, sino la forma en que se concibió: más como una negación ideológica que como una adaptación estratégica. En lugar de construir poder a través del desarrollo económico y la inserción en el sistema internacional —como sugeriría una lectura realista o liberal—, la política iraní optó por una confrontación directa y, en muchos casos, materialmente asimétrica, que terminó reduciendo su capacidad efectiva de disuasión.

 Ali Khamenei reza mientras apoya la frente en un turbante, con las gafas a su lado, febrero de 2017
 Ali Jamenei durante una oración en febrero de 2017. Fuente: Khamenei.ir

1989: cuando una “opción débil” se convirtió en el centro del poder

Ali Jamenei accedió al liderazgo en un contexto en el que la legitimidad carismática de Ayatollah Ruhollah Jomeini era irrepetible y él carecía tanto del rango de marja’ como de una base religiosa amplia. La reforma constitucional eliminó ese requisito y reforzó el poder ejecutivo, en un proceso en el que Akbar Hashemi Rafsanyani desempeñó un papel central. Para este último, Jamenei representaba una opción “gestionable”: un líder débil que, bajo una presidencia fuerte, garantizaría la continuidad del sistema sin alterar el equilibrio de poder.

Sin embargo, este cálculo ignoraba una dinámica estructural fundamental: en sistemas altamente centralizados y con escasos mecanismos de control, incluso actores inicialmente débiles pueden transformar su posición formal en poder efectivo.

Una vez en la cúspide del poder, Jamenei articuló una red de intereses de seguridad, económicos e ideológicos cuya reproducción dependía, tanto material como doctrinalmente, de la no integración en una senda de desarrollo sostenible y en la economía global. Apoyado en el clero conservador y la Guardia Revolucionaria, consolidó un modelo en el que la preservación de rentas de poder prevaleció sobre la apertura económica y el fortalecimiento de instituciones técnicas

 El Líder Supremo Ali Khamenei y el Presidente Akbar Hashemi Rafsanjan
 El Líder Supremo Ali Jamenei junto al Presidente Akbar Hashemi Rafsanyan. Fuente: Khamenei.ir

El bloque securitario–clerical–militar y la erosión de las instituciones electivas

Durante los primeros años de su liderazgo, Jamenei consolidó un bloque de poder tripartito compuesto por clérigos conservadores, el bazar y la Guardia Revolucionaria. Paralelamente, los Parlamentos IV y V marcaron una reconfiguración del sistema mediante la marginación progresiva de la izquierda islámica —corriente que había desempeñado un papel central en los últimos años de Jomeini y en el gobierno de Mir-Hossein Mousavi—. 

En este proceso, el Consejo de Guardianes institucionalizó mecanismos de control político a través de la supervisión selectiva de candidaturas, consolidando una función de “guardianía” del sistema. Este instrumento resultó decisivo en la restricción de la competencia política y en la reducción del pluralismo dentro de la estructura electoral de la República Islámica.

Concomitantemente, emergió un entramado económico bajo el Líder —fundaciones y holdings ligados a la Guardia Revolucionaria— que, fuera del control estatal, se convirtió en un actor central de la economía rentista. Como señaló Masoud Roghani Zanjani, se configuraron “dos tesoros”: uno oficial y otro opaco, gestionado fuera del presupuesto. En esta lógica, la transparencia y la rendición de cuentas se debilitaron estructuralmente, siendo sustituidas por redes securitario-económicas ligadas a la economía informal, las sanciones y la lógica de excepción.

Seyyed Ali Jamenei como imán del viernes de Teherán en 1980.
Ali Jamenei durante una oración en Teherán en 1980. Fuente: Dominio Público

Reformas, sociedad civil y miedo a la clase media

La victoria de Mohammad Jatamí en 1997 marcó no solo el retorno del reformismo, sino la irrupción de una clase media urbana, universitaria y juvenil cuyas demandas de desarrollo, derechos y participación desbordaban el marco ideológico dominante. Asimismo, este proceso facilitó la rearticulación dentro del aparato estatal de sectores de la izquierda revolucionaria de la década de 1980 que, tras la muerte de Jomeini, habían quedado progresivamente marginados. 

No obstante, para una parte significativa de estos actores, el reformismo operó más como un marco discursivo y una estrategia de reinserción en las estructuras de poder que como una adhesión sustantiva a los principios del reformismo en su acepción institucional y liberal estándar. Este momento evidenció una tensión estructural en el sistema: la incompatibilidad entre la lógica de gobernanza existente y las exigencias de una sociedad en proceso de modernización.

Frente a esta dinámica, el liderazgo de Ali Jamenei optó por reforzar una dicotomía central entre la resistencia ideológica y las demandas de desarrollo. En este contexto, la expansión de la sociedad civil y la consolidación de una clase media independiente fueron percibidas no como vectores de progreso, sino como amenazas directas al equilibrio del sistema.

La contención sistemática de la clase media no solo limitó las reformas, sino que alimentó su desafección. Ante el cierre de los canales de cambio interno, sectores crecientes tendieron a radicalizarse, cuestionando la reformabilidad del sistema y desplazando parte de sus expectativas hacia actores y dinámicas externas como alternativa de transformación.

Partidarios del reformista Mustafa Moin durante la campaña electoral de las elecciones presidenciales iraníes de 2005 con un cartel del presidente reformista Mohammed Khatami.
Partidarios del Partido Reformista durante la campaña electoral de las elecciones presidenciales iraníes de 2005, con un cartel del presidente reformista Mohammad Jatamí. Autor: Mostafa Saeednejad 

De ahí que las instituciones bajo su control fueran utilizadas sistemáticamente para contener el reformismo. Más allá de respuestas coyunturales, esta estrategia reflejaba una orientación más profunda: la evitación deliberada de la inserción de Irán en una senda de desarrollo sostenible conforme a los estándares de la modernidad política y económica.

Detrás de esa reacción operaba una lógica precisa. El desarrollo económico y cultural era tolerable solo en la medida en que no condujera a la formación de una clase media exigente e independiente; una clase que, por su propia naturaleza, tendería a reclamar transparencia institucional, participación política y pluralidad del poder. 

Desde ese prisma, la estructura de gobernanza de la República Islámica procuró mantener a la sociedad en un nivel mínimo de seguridad y subsistencia, sin permitir que se consolidaran de forma duradera demandas de participación y autoexpresión política. Cada vez que esas demandas alcanzaron un grado visible de expresión social — desde el movimiento del 2 de Jordad (1997), que simbolizó la irrupción del reformismo y una expectativa de apertura política gradual, hasta las protestas de 2009 y la ola de esperanza social tras el acuerdo nuclear —, la estructura de poder respondió mediante mecanismos de contención política y securitaria.

Manifestación silenciosa desde la plaza Hafte tir hasta la plaza Enghelaagh, Teherán, 16 de junio - parte de las protestas electorales iraníes de 2009
Manifestación silenciosa desde la plaza Hafte tir hasta la plaza Enghelaagh como parte de las protestas electorales iraníes de 2009 en Teherán. Autor: Milad Avazbeigi

Esa lógica interna de gobernanza influyó directamente en la política exterior de la República Islámica. En este escenario, el modelo iraní puede entenderse como un sistema en el que la preservación de las coaliciones de poder y el control de la distribución de rentas prevalecen sobre la construcción de instituciones orientadas al desarrollo. La concentración de autoridad en la cúspide política, el debilitamiento de las instituciones técnicas y la expansión de redes securitario-económicas cuasiestatales han dado lugar a una economía cuya estabilidad depende más del control político y de la gestión de rentas que de la producción de riqueza sostenible.

En consecuencia, el desarrollo económico, la consolidación de una clase media independiente y la integración en la economía global dejan de percibirse como objetivos estratégicos y pasan a considerarse factores potencialmente desestabilizadores para el equilibrio interno del sistema.

En este marco, la política exterior deja de definirse principalmente en términos clásicos de interés nacional y pasa a operar como una extensión de las dinámicas internas de legitimidad. La tensión con las grandes potencias cumple así una doble función: refuerza la movilización ideológica interna y permite la continuidad de estructuras rentistas y securitarias. Lejos de reducir el conflicto, esta lógica contribuye a reproducir ciclos de confrontación, convirtiendo progresivamente la política exterior en un reflejo directo del modelo interno de gobernanza

Amjad Amini, padre de Mahsa Amini
Amjad Amini, padre de Mahsa Amini, posa junto al retrato de su hija fallecida, que murió a manos de la Policía de la Moral por no llevar bien puesto el hiyab. Fuente: Agencia de Noticias Tasnim

Por ello, la oposición de Jamenei a una distensión estable con Estados Unidos no puede explicarse únicamente en términos de rivalidad geopolítica; en gran medida, fue la prolongación de ese mismo temor a las consecuencias sociales y políticas del desarrollo y de la integración en la economía mundial, especialmente en relación con la gobernanza interna. Mientras numerosos economistas y tecnócratas consideraban que el fortalecimiento de Irán dependía de su conexión con el sistema financiero y comercial global, para el Líder y su entorno “un Irán fuerte” se definía más bien en el marco del discurso de la resistencia ideológica frente al orden mundial existente.

En ese contexto, el expediente nuclear pasó progresivamente de ser una cuestión técnica a convertirse en un instrumento político dentro de esa confrontación. Un programa que podía haber dado lugar, mediante un acuerdo sostenible, a una reducción de tensiones y a una integración gradual de Irán en la economía internacional se transformó en un terreno para la intensificación de la competencia ideológica y geopolítica. Ese proceso generó una auténtica “trampa de confrontación”: el aumento de la presión exterior reforzaba el discurso de la resistencia en Teherán, y la radicalización de ese discurso proporcionaba, a su vez, nuevos argumentos a los sectores más duros en Washington y Tel Aviv para endurecer aún más la presión.

Las sanciones crecientes y el aislamiento financiero provocaron inflación crónica, pérdida de poder adquisitivo y recesión económica en Irán, pero al mismo tiempo reforzaron las redes rentistas y opacas cercanas al núcleo del poder. En un modelo de gobernanza de este tipo, el bienestar y el crecimiento económico solo son tolerables mientras no conduzcan a la expansión de una clase media independiente ni a una reducción significativa de la pobreza estructural, porque semejante transformación fortalecería con rapidez las demandas de transparencia, rendición de cuentas y participación política. 

De este modo, los costes de la confrontación exterior recayeron principalmente sobre la sociedad, mientras que los conglomerados securitario-económicos próximos al poder se beneficiaron de la continuidad de ese mismo estado de cosas.

El JCPOA: ¿oportunidad de desarrollo o pausa táctica?

El acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA) constituyó un punto de inflexión en las relaciones entre Irán y Occidente y, al mismo tiempo, una prueba para el estilo de gobierno de Ali Jamenei. Las negociaciones, iniciadas con su autorización directa y bajo la fórmula de la “flexibilidad heroica”, culminaron en un acuerdo que podía haber abierto —si se hubiera definido dentro de una estrategia orientada al desarrollo— la vía hacia una integración gradual de la economía iraní en la economía mundial. 

Mientras muchos economistas y sectores pragmáticos del sistema, entre ellos el gobierno de Hasan Rohaní, concebían la idea de “un Irán fuerte” en conexión con una economía dinámica e interdependiente con la economía global, Jamenei formulaba ese mismo concepto en un registro distinto, predominantemente ideológico.

Desde los primeros momentos de aplicación del JCPOA, Jamenei, insistiendo en la “deslealtad de Estados Unidos”, limitando las negociaciones al ámbito nuclear y rechazando ampliar el diálogo a cuestiones regionales, obstaculizó en la práctica una cooperación económica estable con Occidente. Este enfoque abrió espacio para los adversarios del acuerdo en Washington, Tel Aviv y algunas capitales árabes, debilitando progresivamente sus bases políticas. En paralelo, la economía rentista y opaca vinculada al núcleo del poder dificultaba cualquier integración real en la economía global.

 Los ministros de Asuntos Exteriores y otros funcionarios de los países del P5+1, la Unión Europea e Irán anunciando el marco de un acuerdo integral sobre el programa nuclear iraní.
Los ministros de Asuntos Exteriores y otros funcionarios de los países del P5+1, la Unión Europea e Irán durante el anuncio del marco de un acuerdo integral sobre el programa nuclear iraní . Hailong Wu de China, Laurent Fabius de Francia, Frank-Walter Steinmeier de Alemania, Federica Mogherini de la Unión Europea, Javad Zarif de Irán, Alexey Karpov de Rusia, Philip Hammond del Reino Unido y John Kerry de los Estados Unidos en el auditorio "Forum Rolex" del Centro de Aprendizaje de la EPFL , Écublens - Lausana , Suiza, el 2 de abril de 2015. Fuente: Dominio Público

Al mismo tiempo, sectores de seguridad israelíes consideraban el acuerdo incompatible con su estrategia de contención de Irán. Bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, esta postura se tradujo en una oposición activa, reforzada por redes de lobby en Washington. La convergencia con la política de Donald Trump condujo a la retirada estadounidense en 2018. Sin embargo, la fragilidad del JCPOA no fue solo externa: la resistencia interna a la apertura económica impidió consolidar intereses compartidos, facilitando una ruptura de bajo coste para Washington.

Israel, la hegemonía de la inseguridad y el error estratégico de Teherán

Desde una perspectiva de análisis estratégico, el comportamiento de Israel en Oriente Medio durante las últimas décadas puede entenderse como la consolidación de un modelo de “hegemonía securitaria”: un patrón de poder orientado a impedir la emergencia de cualquier actor regional autónomo capaz de alterar el equilibrio estratégico. 

Este modelo no descansa prioritariamente en la hegemonía económica, sino en la combinación de superioridad militar decisiva, ventaja tecnológica sostenida y un anclaje estructural en el respaldo político, financiero y de seguridad de Estados Unidos. En este marco, Israel ha operado no solo como un actor estatal convencional, sino como un nodo central en una red más amplia de influencia que incluye mecanismos financieros, capacidades tecnológicas avanzadas y estructuras de lobby en Occidente.

Mapa de Oriente Medio que muestra la influencia de Irán por países según alineamiento y nivel de penetración estatal.
Mapa de Oriente Medio que muestra la influencia de Irán por países según alineamiento y nivel de penetración estatal antes de los ataques del 23 de octubre de 2023. Fuente: Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) / Bloomberg

La lógica subyacente es clara: la estabilidad relativa de Israel se articula con la fragilidad estructural de su entorno. En consecuencia, la configuración regional más favorable para sus intereses es aquella en la que los Estados circundantes permanecen debilitados, fragmentados o atrapados en conflictos prolongados, lo que impide la consolidación de rivales estratégicos.

Frente a esta realidad, la política iraní bajo el liderazgo de Ali Jamenei adoleció de una lectura incompleta —o deliberadamente simplificada— de dicha lógica. Israel fue concebido principalmente como un adversario ideológico, susceptible de ser confrontado mediante retórica y acción indirecta, sin una evaluación adecuada de su inserción en las redes globales de poder ni de las asimetrías estructurales existentes. 

Sin embargo, la naturaleza de un adversario respaldado por una superpotencia, integrado en circuitos financieros y tecnológicos globales y con capacidad de influencia en la toma de decisiones occidentales requería una estrategia mucho más sofisticada, basada en la gestión del riesgo y en enfoques multinivel.

Mapa TPR 104 Bases militares estadounidenses en Oriente Medio.avif

En lugar de ello, Teherán adoptó una combinación de retórica maximalista, apoyo a actores armados regionales y gestos políticos que facilitaron su representación como amenaza sistémica en el discurso occidental. Este encuadre no solo reforzó la narrativa de seguridad en Tel Aviv y Washington, sino que generó una convergencia funcional entre actores con intereses distintos pero compatibles: mientras los sectores más duros en Israel y Estados Unidos encontraban justificación para una política de presión creciente, el propio modelo de gobernanza iraní se nutría de un entorno de confrontación permanente.

En este contexto, el concepto de “fuerzas proxy iraníes” ha dominado gran parte de la literatura política y mediática occidental. Sin embargo, este enfoque tiende a oscurecer una asimetría estructural más profunda. Mientras la proyección de influencia de Irán se materializa principalmente a través de actores armados regionales y mecanismos limitados, Israel —y las redes alineadas con él— dispone de una inserción mucho más profunda e institucionalizada en los niveles avanzados del poder global, desde el sistema financiero y tecnológico hasta los medios de comunicación y los circuitos de toma de decisiones. Estas redes rara vez son conceptualizadas como “proxy”, pero en la práctica forman parte de una arquitectura más amplia de proyección de poder sionista a escala global.

La guerra como factura final de un estilo de gobernanza

Cuando en 2025 y 2026 Estados Unidos e Israel decidieron atacar a Irán, esa decisión no fue coyuntural, sino el resultado de tres décadas de un patrón de gobernanza bajo Ali Jamenei. Su modelo, marcado por la concentración de poder, la erosión de las instituciones técnicas y una lógica claramente anti-tecnocrática, reflejaba una incapacidad estructural para comprender realidades y oportunidades. Este enfoque redujo los márgenes de adaptación y facilitó la convergencia hacia la guerra con actores abiertamente belicistas

Mapa TPR 82 Israel e Irán, dos enemigos en Oriente Próximo.avif

Israel y sus aliados en Washington, apoyados en la lógica de la “superioridad en una región débil”, interpretan la guerra como una oportunidad para debilitar a Irán y reforzar la disuasión regional. Sin embargo, el conflicto no puede entenderse solo desde factores externos: también es el resultado de un patrón de gobernanza en Irán que priorizó la tensión sobre la adaptación, percibiendo el desarrollo y la integración global como amenazas.

Esta dinámica, unida a una estructura de decisión fragmentada y anti-tecnocrática, impidió a la República Islámica convertir sus recursos —desde avances nucleares hasta redes regionales— en una capacidad disuasoria coherente. Así, mientras actores belicistas encontraban incentivos para escalar, Irán quedó estratégicamente expuesto frente a un adversario respaldado por redes globales de poder

Si hubiera que resumir en una sola frase el error de Rafsanyani en 1989, podría decirse así: creyó que al colocar a un hombre aparentemente débil al frente de una institución poderosa podría hacer que esa institución bailara a su son; pero lo que ocurrió fue exactamente lo contrario: la institución centralizada del liderazgo absorbió al individuo y, a partir de él, construyó una red de intereses securitario-económicos que terminó por relegar al propio Rafsanyani y abrió una trayectoria cuyo desenlace no fue el desarrollo ni la reconstrucción de posguerra, sino una guerra devastadora con Estados Unidos e Israel. Esa guerra no es una anomalía del sistema, sino su consecuencia lógica: el resultado histórico de un modelo de gobernanza en el que el miedo al desarrollo y a la clase media terminó imponiéndose sobre la racionalidad estratégica y el interés nacional.

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