El 19 de julio, Ferran Torres marcó el gol de todos los españoles. En las calles, en los bares, en los salones de millones de hogares, España celebraba el tanto que valía una nueva estrella. Volvíamos a ser campeones del mundo. Sin embargo, el Mundial de Estados Unidos dejó un sabor amargo. No por el juego desplegado, sino por la intervención política.

Donald Trump sujeta una tarjeta roja junto a Gianni Infantino en la Casa Blanca.Evan VucciAP Photo
Donald Trump sujeta una tarjeta roja junto a Gianni Infantino en la Casa Blanca. Autor: Evan Vucci / AP 

La injerencia política: el caso Balogun

Estados Unidos jugaba contra Bosnia-Herzegovina su primer partido de la fase eliminatoria. Durante el encuentro, su delantero estrella, Folarin Balogun, fue expulsado por una dura entrada sobre el tobillo de un rival. A pesar de ello, Estados Unidos logró una victoria de mérito y avanzó a la siguiente ronda, donde se enfrentaría a Bélgica en octavos de final. Mientras el equipo celebraba el resultado, el ambiente dentro de la Casa Blanca era muy diferente. Esa misma noche, altos funcionarios de la administración Trump empezaron a mover hilos.

El secretario de Comercio, Howard Lutnick, y Andrew Giuliani, director ejecutivo del grupo de trabajo de la Casa Blanca para el Mundial, organizaron varias llamadas con el propio Trump. Su argumento era que la sanción no solo era injusta, sino que además amenazaba las posibilidades del equipo de avanzar de ronda.

Trump, que había sido decisivo para traer el Mundial a Estados Unidos y que entendía su éxito como una cuestión de orgullo personal, instruyó a su equipo para que encontrara la manera de revertir la situación. Lutnick, Giuliani y otros funcionarios reclutaron abogados cercanos a Trump para montar un caso legal contra la decisión arbitral. Trump descolgó el teléfono y llamó a quien sabía que tenía el poder de arreglar las cosas: Gianni Infantino, presidente de la FIFA. 

Lo cierto es que Infantino ha cultivado desde hace tiempo una relación estrecha con Trump. Ha sido invitado habitual en el Despacho Oval y ha aparecido junto a él en eventos como la velada de la UFC en Miami o la cumbre de paz de Gaza en Egipto. En esa llamada, Trump le pidió directamente que revisara la decisión sobre Balogun. Infantino aceptó estudiarlo.

Días después, Infantino anunció la decisión que Trump quería escuchar: la suspensión quedaba levantada. La FIFA había recurrido al llamado artículo 27 de su código, que según la organización permite al órgano judicial suspender total o parcialmente la aplicación de una medida disciplinaria bajo un periodo de prueba. Trump no tardó en celebrarlo públicamente, agradeciendo a la FIFA por, según sus propias palabras, corregir una gran injusticia.

El mundo del fútbol reaccionó al unísono. Las denuncias públicas se sucedieron ante lo que se consideraba una clara intervención política. La FIFA se escudó en que su Comité Disciplinario es un órgano independiente. La federación belga se quedó atónita. Incluso la UEFA calificó la decisión de "sin precedentes, incomprensible e injustificable".

La política y el fútbol: una historía de amaños

Sin embargo, si uno piensa que lo narrado es un hecho aislado, está muy equivocado. A lo largo de la historia, la Copa del Mundo ha servido de escaparate político para distintos gobiernos. Uno de los episodios que merece la pena revisar es el ocurrido en la Italia de Mussolini, recordado aún hoy como uno de los más controvertidos en toda la historia de los Mundiales.

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Celebrado en 1934, se trataba del segundo Mundial de la historia. Uruguay, vigente campeón y anfitrión de la primera edición en 1930, ni siquiera había viajado a defender su título. Mussolini vio la oportunidad de convertir el torneo en un enorme cartel publicitario del fascismo italiano y de su propia figura como líder.

La elección de Italia como sede ya fue, en sí misma, controvertida. En una reunión de la FIFA en Estocolmo en 1932, solo se presentaron dos candidaturas, Suecia e Italia. No hubo votación: el comité ejecutivo optó directamente por Italia. Mussolini era consciente del potencial político de aquel torneo. Había sido decisivo en la creación de la Serie A en 1929, además de que el partido fascista estaba profundamente entrelazado con la cultura futbolística italiana.

El arbitraje fue motivo de escándalo. Se sabe que Mussolini invitó a cenar al árbitro sueco Ivan Eklin, que dirigió tanto la semifinal como la final de 1934 con apenas 28 años. Sigue siendo hasta hoy el árbitro más joven en haber dirigido una final del Mundial, un reconocimiento que le ayudó a formar parte de las siguientes ediciones, la de 1938 y 1950 —tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial— .

	Los porteros y capitanes Gianpiero Combi (de Italia) y František Plánička (de Checoslovaquia) se dan la mano antes de la final de la Copa Mundial de la FIFA de 1934 en Roma. Entre ellos se encuentra el árbitro sueco Ivan Eklind.
    Los porteros y capitanes Gianpiero Combi (de Italia) y František Plánička (de Checoslovaquia) se dan la mano antes de la final de la Copa Mundial de la FIFA de 1934 en Roma. Entre ellos se encuentra el árbitro sueco Ivan Eklind. Fuente: Dominio Público

Sin embargo, la sintonía entre el Duce y Eklind no fue el único foco de controversia: el choque de cuartos de final entre España e Italia, bautizado como "La Batalla de Florencia", se convirtió en el episodio más sangriento y polémico del torneo. En el primer encuentro, arbitrado por el belga Louis Baert, la permisividad ante la violencia italiana fue absoluta; España se adelantó con gol de Regueiro, pero Italia empató tras un clarísimo agarrón a Ricardo Zamora que el colegiado pasó por alto. El choque acabó 1-1 tras una agónica prórroga, pero el coste físico para la selección española fue demoledor: hasta siete titulares, incluido el propio Zamora con dos costillas fracturadas, quedaron invalidados para jugar el partido de desempate al día siguiente.

Obligada a saltar al campo con un equipo plagado de suplentes, España se enfrentó en el desempate a un arbitraje aún más escandaloso, esta vez a cargo del suizo René Mercet, designado a última hora. Mercet anuló dos goles completamente legales a la selección española y dio por válido el tanto de la victoria italiana, obra de Giuseppe Meazza, pese a rematar apoyándose sobre la espalda de un defensor español.

La leyenda popular asegura que el belga Louis Baert, fue expulsado de por vida por su federación tras arbitrar el partido contra España. La evidencia cuenta otra historia: Baert siguió arbitrando hasta 1952, participó en el Mundial de 1938 dirigiendo el partido entre Francia e Italia y llegó a ser miembro del panel ejecutivo de la federación belga. Con todo, y a diferencia del mito que rodea a Baert, las consecuencias para el colegiado suizo sí fueron reales y drásticas: al regresar a su país, la Federación Suiza de Fútbol lo suspendió de por vida por su flagrante actuación en Florencia, expulsándolo de manera definitiva del arbitraje internacional.

Los capitanes de las selecciones nacionales de fútbol de Francia e Italia, Etienne Mattler (derecha) y Giuseppe Meazza, observan el sorteo inicial mientras el árbitro belga Louis Baert se encuentra en el centro, el 12 de junio de 1938
Los capitanes de las selecciones nacionales de fútbol de Francia e Italia, Etienne Mattler (derecha) y Giuseppe Meazza (Izquierda), observan el sorteo inicial mientras el árbitro belga Louis Baert se encuentra en el centro antes del comienzo del partido de cuartos de final de la Copa del Mundo entre ambas naciones el 12 de junio de 1938. Autor: RAFAEL XAVIER VICENTE

La final se disputó el 10 de junio de 1934 en el Estadio Nacional del Partido Nacional Fascista, en Roma, ante unos 50.000 espectadores. Italia venció dos a uno a Checoslovaquia en la prórroga. Mussolini entregó personalmente el trofeo al vencedor y, además, obsequió a los jugadores con un segundo trofeo —la llamada Copa del Duce— y fotografías suyas firmadas.

Cuatro años después, en 1938, Italia llegó a Francia buscando revalidar el título en un contexto europeo que ya olía a guerra. España estaba ausente por su propia guerra civil. En los cuartos de final, la selección italiana provocó un escándalo al salir al terreno de juego con camisetas negras y realizar el saludo fascista antes del pitido inicial. Italia ganó con comodidad, después venció a Brasil en semifinales y se plantó en la final contra Hungría, a la que derrotó cuatro a dos con goles de Gino Colaussi y Silvio Piola.

El propio seleccionador italiano, Vittorio Pozzo, comentaría años más tarde que en 1934 fue presionado para convocar exclusivamente a jugadores afiliados al partido fascista. Pozzo afirmó que uno de los veteranos, Eraldo Monzeglio, seguía en el equipo por ser una persona cercana a Mussolini, con quien solía entrenar y jugar al tenis.

Como recompensa por ganar el Mundial de 1938, cada jugador recibió un bono de 8.000 liras —el equivalente a tres meses de salario— y una medalla de oro fascista entregada por el propio Mussolini.

La selección italiana, vestida completamente de negro, hace el saludo fascista antes de su partido de cuartos de final contra Francia en el Mundial de 1938. Fotografía: Schirner Sportfoto/DPA
La selección italiana, vestida completamente de negro, hace el saludo fascista antes de su partido de cuartos de final contra Francia en el Mundial de 1938. Autor: Schirner Sportfoto / DPA

Italia 34, Francia 38, Chile 62, Argentina 78, España 82, Corea 2002, Rusia 2018, Catar 2022, Estados Unidos 2026... Todas estas ediciones tienen algo en común: el Mundial se convirtió en una extensión del prestigio y del poder político.

Fuentes

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