Conviene empezar por diferenciar los dos conceptos clásicos de la corrupción desarrollados por Maquiavelo, esto es, la corrupción inherente a los Estados, la que existe en Marruecos y que deriva de una forma de estado viciada en origen; y la corrupción por el ejercicio, que es la que sucede en España en su actuación con Marruecos y que se da en Estados sanos en origen, pero en los que determinados ciudadanos o gobernantes terminan cometiendo abusos al anteponer la satisfacción de sus intereses privados al interés público nacional.

Sentadas las claras diferencias entre ambos Estados y corrupciones, comenzamos constatando el hecho de que Marruecos está participando como una estrella invitada en la política y sociedad española, algo que se confirma desde hace varias décadas. 

Pedro Sánchez viaja a Marruecos (19/11/2018)
Pedro Sánchez durante su primer viaje a Marruecos como Presidente de España, 19 de noviembre de 2018. Fuente: La Moncloa

Aparte de asaltos más o menos velados por el Estado agresor, pero reiterados y evidentes a las fronteras de España en Ceuta, Melilla e incluso en las Islas Canarias, Marruecos es capaz de vetar de hecho la presencia del Jefe del Estado (el Rey, no confundir con el Presidente) en territorios españoles, destituir Ministros (González Laya, de Asuntos Exteriores, por permitir el ingreso del líder polisario Brahim Gali en un hospital de Logroño), acosar judicialmente a los pocos periodistas que se han atrevido a cuestionarlos (Ignacio Cembrero con cuatro demandas, absuelto de todas, la última por una ridícula “acción de jactancia” al denunciar el uso de Pegasus, fabricado por la empresa israelí NSO)… Y más eficaz si cabe ha sido en imponer una autocensura permanente en prácticamente todos los medios de comunicación españoles (prensa, radio, televisión), que ahora momentáneamente parece haber desaparecido con la crisis ceutí.

Los servicios secretos marroquíes, a la orden del majzén (la monarquía, el ejército y las altas élites, que controla al gobierno alauita), están fuertemente implantados en España y sus tentáculos llegan hasta el último rincón: Gobierno, oposición, Parlamento, medios de comunicación (casi todos), lobbies y en general todo tipo de entes o personas con relevancia para crear opinión e influir sobre sus intereses imperiales, el Gran Marruecos.

Ante todo ello, cabe preguntarse qué está ofreciendo la monarquía alauita para que todos estos actores españoles se autocensuren y proactivamente el Gobierno actual, cuyo presidente tuvo el móvil intervenido con Pegasus durante catorce meses, la considere un “socio leal y fiable” (Marlaska dixit) incluso después del último asalto a Ceuta.

Felipe VI y Mohamed VI conversan durante un acto oficial.
Felipe VI y Mohamed VI conversan durante un acto oficial. Fuente: El Faro de Ceuta

El venero de este contradiós que vive España desde hace décadas se nutre de las más que documentadas dádivas y sinecuras de Marruecos a todas las personas y empresas con capacidad de influencia en nuestro país, o sea, de la inveterada corrupción de las élites (y menos élites), una red tenazmente tejida durante décadas por nuestro vecino del sur. 

A ese venero tributa abundantemente el empleo, no por antiguo menos eficaz, de amenazas (anuncio de un daño o un peligro latente), muchas veces de forma indirecta, que mediatiza a nuestros gobernantes y a todos aquellos con capacidad de influencia en este asunto a que nos referíamos más arriba. Y de tanto acrecer el venero, Marruecos ha conseguido implantar una ley del silencio sobre sus ansias expansionistas a costa de nuestro territorio en toda la sociedad de la información y opinión españolas y hasta la propagación de hechos alternativos (alternative facts), es decir, mentiras como catedrales al modo trumpista, por nuestros máximos dirigentes políticos representados en el Gobierno.

El entramado de corrupción trenzado por los marroquíes en España sobre personas influyentes, sin exceptuar las jurídicas (el IBEX y sus intereses económicos), empleando los dos vectores arriba citados, en la que muy especialmente hay que significar la labor “encomiable” de algunos altos funcionarios y exfuncionarios incluidos presidentes y ministros “jubilados”, explican a mi parecer en buena medida la rocambolesca situación que tras la reciente crisis de Ceuta aflige actualmente a nuestra patria común.

El presidente del Gobierno Felipe González mantiene un encuentro con el Rey de Marruecos, Hassan II.
El expresidente del Gobierno Felipe González mantiene un encuentro con el entonces Rey de Marruecos, Hassan II, el 26 de septiembre de 1989. Fuente: La Moncloa

Veremos, en fin, si eso cambia a partir del asalto más grave a nuestras fronteras en la democracia y si el presente estado de opinión española, de crítica casi unánime contra la agresiva política marroquí, es meramente coyuntural o si nuestra democracia está dispuesta decididamente a acabar con la farsa corrupta causante de tan anómala y perjudicial situación para nuestros intereses.

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