
La Luna está de vuelta: exploración espacial, eclipse y rivalidad global
La cercanía temporal entre la misión Artemis II y el eclipse solar del 12 de agosto promete reavivar, después de muchos años, el interés del público por la exploración del universo. Por primera vez en décadas una misión tripulada orbita alrededor de la Luna, como prolegómeno de un nuevo alunizaje programado para 2027, algo que nunca ha podido presenciar la mayor parte de la población mundial actual.
A su vez, este verano, nuestro país podrá disfrutar de un eclipse solar que llegará a ser total durante casi dos minutos en lugares como Asturias, Burgos, Palencia o Soria. Será el primer eclipse de estas características en más de un siglo, con el principal precedente fechado en 1905.

Se acerca de manera inminente un periodo de resurgimiento del interés por la astronomía y la exploración espacial, pleno de circunstancias propicias para una nueva carrera espacial, en el que las grandes potencias busquen demostrar al mundo su capacidad de liderazgo.
Si tornamos los ojos hacia mediados del siglo pasado, es fascinante comprobar cómo la humanidad pasó en un cortísimo intervalo de 12 años de enviar a un animal doméstico al espacio a ver a un humano pisar la Luna. Una aceleradísima evolución científica y técnica impulsada simplemente por la fuerte rivalidad entre EEUU y la URSS. Hoy, en un momento en el que ve amenazado su liderazgo económico, EEUU impulsa ambiciosos planes de exploración espacial con los que busca volver a deslumbrar al resto del mundo.
Estos ambiciosos proyectos se encuadran dentro del proyecto “Artemis” que comenzó sus preparativos en 2017, despegó con una primera misión no tripulada en 2022 y se acerca a cumplir sus primeros hitos en un horizonte temporal próximo. Liderado por la NASA, aunque con la colaboración de diversas agencias espaciales del bloque occidental, su gran objetivo es doble: establecer una base en la Luna con presencia humana permanente y utilizarla como punto de partida para poder alcanzar Marte en un viaje tripulado.

Este planeta ha sido el gran anhelo desde que Neil Armstrong pisase la superficie lunar, pero las numerosas futuras misiones anunciadas se han visto canceladas o aplazadas de manera reiterada durante las últimas décadas, en un contexto donde la NASA trabajaba sin la presión de superar los resultados de sus homólogos soviéticos.
De nuevo se vislumbra una ventana de oportunidad, dentro de unos 20 años, en la que poder emprender la misión tripulada. Misión que estará sujeta a la exigencia de desarrollar avances tecnológicos complejos, imprescindibles para hacerla viable y razonablemente segura.
El protagonismo que tiene EEUU en este proyecto, junto con el posible impacto moral y cultural de sus hitos, ha acelerado la configuración de una alternativa que combina la dilatada experiencia y el extendido conocimiento de los cosmonautas rusos con la tecnología y capacidad industrial de China. En unas décadas en las que el trono mundial va a estar disputado por las dos superpotencias, la competencia se extenderá más allá de nuestra atmósfera.

Si bien EEUU cuenta de base con una gran ventaja, debido a sus décadas de experiencia en la exploración espacial, con el desarrollo tecnológico que ello acarrea, o sus nexos con la mayoría de agencias espaciales de los países desarrollados, que colaboran y participan en sus misiones, el gigante asiático recorta su desventaja a un ritmo frenético. Entre los hitos alcanzados, hay dos especialmente destacables.
Por un lado, en el ámbito de la exploración planetaria, el fructífero aterrizaje en 2021 en Marte, con una misión que incluía el despliegue del vehículo de exploración espacial Zhurong, misión que tan solo la NASA había conseguido lograr anteriormente. Por otro lado, en el ámbito de la generación de infraestructuras, la construcción de una estación espacial propia, la estación espacial Tiangong, que se encuentra en pleno servicio desde 2022 y a la que se le añadirá un telescopio espacial, previsiblemente a finales de este año.
El éxito en la ejecución de estas misiones se ha convertido en un estímulo para elevar su apuesta de manera contundente. Si decíamos que el programa Artemis contempla establecer una base en la Luna con presencia humana permanente, China no quiere ser menos y está liderando, junto con Rusia y otros socios menores, un proyecto de gran envergadura para construir, en el plazo de una década, la Estación Internacional de Investigación Lunar, lo que implicaría que algunos de sus “taikonautas” pisasen la superficie lunar en ese plazo.

Con ambas potencias planeando la construcción de una base lunar en un plazo relativamente corto de tiempo, y con Marte en un horizonte temporal más lejano, es previsible que la dinámica competitiva entre ambas naciones se amplíe a este ámbito exploratorio. Como ocurrió hace seis décadas, parece ser que la primacía terrestre puede decidirse fuera de nuestra órbita.