En Mombasa hace más calor que en Nairobi. El aire del mar hace aquí un efecto contrario al deseado, al vaciar las calles durante las horas de calor. La antigua capital de Kenia no despliega la imagen de los edificios de hierro y de cristal de su sustituta, sino que todavía mantiene un aire que mezcla lo árabe con lo colonial. Tampoco es casualidad: el color blanco y azul de los edificios se debe a una orden directa dada en 2018 por el gobernador del condado, que insistió en monocromatizar el casco urbano en un esfuerzo por impulsar el turismo. 

La Masjid Musa en Majengo, condado de Mombasa.
La mezquita Masjid Musa en Majengo, condado de Mombasa. Fuente: nation.africa

Solo la mezquita de Masjid Musa parece resistirse. Destaca el verde chillón de sus paredes por encima del blanco y del azul. En su interior, fuera de las horas de rezo, un puñado de fieles se recuestan sobre las alfombras enjugándose el sudor. Nadie diría que esta mezquita (que ya avisa de alguna manera por su rebelde actitud frente al color) fuera hace poco más de diez años el epicentro del salafismo radical en la costa oriental africana. Parece tan relajada. Pero fue el púlpito del clérigo Aboud Rogo Mohammed, vinculado a Al Shabaab y asesinado en 2012, y después de su muerte quedó asociada a Abubakar Shariff "Makaburi", también abatido en 2014. La toma de la mezquita por jóvenes radicalizados en 2014 y las redadas policiales posteriores son material conocido.

En los últimos años, en teoría, ha tomado un nuevo rumbo que busca la tolerancia religiosa y el camino de la paz. Eso dice internet. Y los fieles que ven aparecer al periodista blanco le animan a sentarse con ellos para conversar. Uno de ellos tiene el móvil en la mano y pasa con el pulgar los vídeos de Tik Tok. Repite constantemente que Donald Trump es un tarado. Que los iraníes son héroes por su resistencia a un poder maligno y (lamentablemente) superior en muchos aspectos. Dice ser de Yemen, aunque hace casi veinte años que vive en Mombasa.

El imán de Masjid Musa no parece tan dispuesto a charlar. Acepta una entrevista que dura menos de cinco minutos, cuando se revuelve incómodo ante las preguntas que se le hacen acerca de los acontecimientos de 2010-2014 y contesta que “yo no estaba aquí por esas fechas y no puedo decirte exactamente lo que pasó”. Tampoco quiere explicar cuáles son los medios para alcanzar la sana convivencia entre el islam más radical y sus versiones moderadas; la entrevista termina con mucha educación y una puerta cerrada.

Abubakar Shariff fue acusado por Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU de apoyar a Al-Shabab [AP].
Abubakar Shariff fue acusado por Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU de apoyar a Al-Shabaab. Fuente: AP

Es en la mezquita Sakina donde el imán, Sadaam, parece más abierto a dar respuestas. No le importa hablar sentados en dos sillas colocadas de forma improvisada a pie de calle, de manera que cualquier curioso que pase por allí puede detenerse a escuchar. Sadaam es hijo del histórico Sheikh Mohamed Idris, famoso en la región por predicar un islam tolerante y enfrentarse públicamente a las corrientes radicales. A Sheikh Mohamed Idris lo mataron el 10 de junio de 2014, de un disparo en el abdomen, camino de la mezquita para la oración del alba. Y su asesinato se leyó como venganza por la muerte de Makaburi, abatido dos meses antes, el 1 de abril de 2014.

Lo más curioso de todo es que ambas mezquitas, Musa y Sakina, se encuentran a trescientos metros de distancia. El campo de batalla ideológico de Mombasa no atravesaba grandes distancias, sino que se concentraba en un sitio muy concreto. Y Sadaam indica que los jóvenes de la ciudad que van a combatir a Somalia “no lo hacen por el islam, porque nuestra religión no lo permite. La lucha armada es una malinterpretación del Corán”. Y reconoce que lo que realmente les empuja es un motivo económico. 

Sin embargo, reconoce que él no hace como su difunto padre, es decir, no predica abiertamente contra el terrorismo islámico, y lo excusa en que los reclutamientos se han reducido un 80%, como si ese 20% restante fuera insignificante. ¿Acaso no quiere terminar igual que su progenitor? 

 Mohammed Idris
Sheikh Mohamed Idris. Fuente: AFP

La radicalización camuflada como defensa propia

Los motivos que empujaron a Mombasa hacia el radicalismo religioso los explica con detalle el profesor Hassan Mwakimako, profesor asociado de Estudios Islámicos de la Universidad de Pwani. Pocos comprenden el auge del salafismo en la costa keniana tan bien como él. Al resguardo del bochorno en un tranquilo café del centro de Mombasa, comienza explicando las diferencias entre el extremismo religioso saheliano y el que se da en África Oriental. 

En el primer caso, dice, existe una fuerte tradición yihadista. Menciona las yihad fulani del siglo XVIII y los vínculos con las ramas más expansionistas del norte africano, luego considera que el salafismo fue importado allí hace menos tiempo. Pero aquí, explica, existe una gran tradición de eruditos salafistas. 

Algunos fueron apartados del poder durante el colonialismo; otros eran escogidos entre las élites musulmanas para ejercer un gobierno indirecto para beneficio de los británicos. Existía entonces el equilibrio, aunque precario, entre estos eruditos y el poder.

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Hasta que llegaron las independencias. Fue entonces cuando surgieron dos nuevos detalles que Mwakimako considera fundamentales: “el salafismo evolucionó, por así decirlo, hacia una obsesión cada vez más purista que combatiese la modernización del islam. Y esto se sumó a que los eruditos no fueron admitidos en el nuevo gobierno de la Kenia independiente. Así fue como empezaron, con estos dos motivos, a demandar la institucionalización del islam. Para combatir una decadencia moral, tanto a nivel general como religioso”. 

El problema siguiente vino del anterior. Si a los negros sudafricanos no se les permite participar en el gobierno, la totalidad de los negros sudafricanos serán despojados de cualquier decisión política y terminarán marginalizados; si los indios americanos son gobernados por el hombre blanco, terminarán encerrados en reservas; cualquier comunidad sin representación política propia terminará (casi) irremediablemente siendo marginalizada en el nivel social. Y esto explica que la exclusión de los eruditos musulmanes de la política keniana llevó, a ojos de muchos, a la marginalización de los musulmanes en Kenia. Nació una nueva sensación de descontento. 

El profesor Mwakimako prosigue: “La élite musulmana no salafista no se hizo cargo de estas diferencias y el salafismo, que es un sistema global, se inyectó a nivel local para ofrecer una solución a este descontento”. Una suerte de resistencia social y religiosa que pronto derivó con los primeros arrestos, que llevaron a su vez a que despertara un sentimiento de “resistencia”, a adoptar la “defensa propia” como discurso válido que lo único que consiguió fue aumentar los niveles de violencia, tanto a nivel estatal (arrestos, represiones violentas) como a nivel salafista-musulmán (tiroteos, acciones subversivas).

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Y aquí hace falta hacer un inciso. Más allá del plano religioso, es un hecho probado (así lo considera también Mwakimako) que la crítica abierta a los gobiernos africanos no suele verse con buenos ojos por parte del poder. El mismo día que ocurrió la entrevista fueron asesinados por la policía en Nairobi dos manifestantes que protestaban en la capital por el aumento de precios del combustible. 

En 2024 fueron asesinados por la policía más de 60 manifestantes con motivo de una serie de protestas dirigidas contra una subida de impuestos. Entonces, repito, más allá del plano religioso, no es descabellado creer que la dinámica en Mombasa fuera como narra el profesor. 

El siete de agosto de 1998, un atentado perpetrado por Al Qaeda contra la embajada estadounidense de Nairobi dejó 213 muertos. Es el primer gran punto de inflexión. Mwakimako asegura que “los organizadores del atentado vivían en Kenia, estaban casados con mujeres kenianas”. Y todo comenzó a desmoronarse. Décadas de tensión entre los salafistas y el gobierno derivaron en una marabunta de atentados.

Español: Un equipo de rescate busca supervivientes del atentado con bomba contra la embajada estadounidense en el edificio mencionado y del edificio Ufundi, que se derrumbó en Nairobi, Kenia.
Un equipo de rescate busca supervivientes tras el atentado contra la embajada estadounidense de Nairobi, el 9 de agosto de 1998. Fuente: Unidad de Portavoces de las FDI

El 28 de noviembre de 2002, un comando de Al Qaeda estrelló un Mitsubishi Pajero cargado de explosivos contra el Paradise Hotel de Kikambala, un hotel de propiedad israelí en la costa, a unos 40 km al norte de Mombasa, y 13 personas fueron asesinadas. 

Casi al mismo tiempo, otro comando disparó dos misiles tierra-aire Strela-2 contra un Boeing 757chárter de la israelí Arkia Airlines cuando despegaba del aeropuerto internacional Moi de Mombasa. Fallaron por poco. La oleada de atentados alcanzó su culmen entre 2012 y 2014 (fechas en las que fueron asesinados los imanes mencionados más arriba) y se cumplió de esta manera lo expuesto por el profesor Mwakimako: lo global se solapó con lo local. 

La reducción de los ataques, hasta desaparecer en la actualidad, se debe según el profesor a una serie de motivos: la presión policial, el desarrollo de la sociedad civil y la división de Kenia en condados. Esto ocurrió en 2010, tras la firma de una nueva constitución en el país, y trajo consigo la sensación de que, por fin, cada una de las regiones tenía el control de sus propios recursos. 

Foto tomada tras el ataque contra el Hotel Paradise.
Fotografía tomada tras el atentado contra el Hotel Paradise. Fuente: shalomcenter

La marginalización de los musulmanes de la costa frente al enriquecimiento de los cristianos del interior se redujo. Esto quitaba fuerza a los discursos extremistas y, paradójicamente, hizo que la atención de las críticas dejara de dirigirse contra el presidente de Kenia y estuvieran más focalizadas en el gobernador de Mombasa. 

Pero. Y aquí el profesor hace una pausa. Pero. “Está empezando a abrirse una nueva brecha entre el islam popular y el islam gobernante, y esto puede sentar las bases para una nueva ruptura entre los clanes del norte [minoritarios pero cercanos al poder] y los del sur [que no han conseguido hacerse su hueco]”. Y añade que “los jóvenes en Kenia tienen un sentimiento de desilusión permanente mientras esperan que sus líderes les diga qué deben hacer… pero no lo hacen. Es así como se abren nuevos huecos de liderazgo, facilitados por las redes sociales, que globalizan la influencia. La diseminan”.

Y se suma que la violencia, que parece que tiene una enorme capacidad de adaptación, se encuentra actualmente en Mombasa de la mano de bandas criminales. ¿La opinión del profesor? Que el peligro no ha pasado. Que cada mezquita de esta ciudad blanca, conocida en suajili por el nombre de Kisiwa Cha Mvita (Isla de Guerra), tiene una opinión distinta para cada tema. 

Combatientes armados de Al-Shabab viajan en camionetas mientras se preparan para entrar en la ciudad, en las afueras de la capital, Mogadiscio, en Somalia, el 8 de diciembre de 2008. (Foto AP/Farah Abdi Warsameh, archivo)
Combatientes armados de Al-Shabab viajan en camionetas mientras se preparan para entrar en la ciudad, en las afueras de la capital, Mogadiscio, en Somalia, el 8 de diciembre de 2008. Fuente: Foto AP/Farah Abdi Warsameh

El silencio de Sadaam cuando sube al púlpito parece ser una señal que subraya sus temores. Porque se trata de una equidistancia que no encaja del todo con el discurso oficial que dice que ya no hay problemas con el salafismo radical en Mombasa. Aunque sigan reclutando a jóvenes de sus calles para combatir del lado de Al Shabaab en Somalia. 

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